El fantasma de la muerte, agravado por la violencia de género, acechó a nuestra sociedad otra vez.
Eso fue lo que ocurrió en el 2015 cuando el femicidio de Chiara Páez movilizó a todo el país. En más de 80 ciudades de la Argentina comenzó a resonar ese grito que dio la vuelta al mundo Ni Una Menos... Vivas y libres nos queremos.
A 11 años de ese rugido de exigencia por la vida, el movimiento de mujeres junto con la sociedad cansada de estos hechos, vuelve a las calles con el mismo dolor porque una jovencita de 14 años encontró la muerte demasiado temprano y de una manera que ningún ser humano debería pasar. Le faltaba vivir mucho aún. Pero la protesta continúa, no solo por ese hecho en particular, sino porque las estadísticas, por más fríos que sean los números, no ceden y cada cifra es una vida que se cercenó porque un hombre así lo decidió.
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El fantasma de mujeres violentadas, golpeadas, violadas, asesinadas no quiere desaparecer porque hay mucha gente que se resiste a asumir que todos y todas somos responsables de esta masacre. Y si lo es. Porque esa palabra es sinónimo de matanza, pero al ser únicamente de un género, es femicidio. La pregunta sigue girando alrededor del por qué? Si, ¿Por qué la sociedad justifica cualquier asesinato de una mujer, que puede ser una madre, una hermana, una abuela, una tía, una vecina? ¿Por qué las vendas no se caen para dejar paso a una construcción de respeto mutuo?
Se culpa al feminismo de todos los males del mundo. Pero el movimiento construye relaciones sanas, promueve la paz e intenta desarmar mandatos sociales que significaron la historia misma de sometimiento y discriminación al más del 50% del mundo. Enseña, educa sobre los peligros a niñas, niños y adolescentes. Abraza a quienes sufrieron violencia y a las familias que fueron
destruidas por un femicidio. Las mujeres son las primeras en salir a ayudar en catástrofes; son las que abren comedores barriales; las que se juntan en organizaciones sociales para salvar a otras, etc.
Vinimos a este mundo del vientre de una mujer. El comienzo de toda civilización. La imagen misma de la protección.
Por ese motivo no se entiende la sinrazón. El odio nos gana. La violencia controla y el miedo gana. El poder social y político masculino toma lo que quiere porque cree que tiene derecho y es allí cuando aparece el fantasma que todo lo destruye. Por eso es crucial que los gobiernos garanticen el cumplimiento de las leyes que Argentina tiene y que son de avanzada en el mundo.
Hoy Córdoba, perpleja, vuelve a llorar. Duele. Ojalá doliera a todos y todas por igual. Ese día, que por ahora se dibuja de utopía, tal vez llegue y la sociedad tomaría conciencia de que la salida es colectiva y tal vez derrotemos al espanto.
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