Boletín periódico bimensual |Año 9 | Número 50 - ENERO de 2017

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Malvinas: despertar del sueño soberano

Martín Rodríguez Yebra

 

 


 Martín Rodríguez Yebra

 A veces la línea entre la audacia y la torpeza puede ser muy fina. El presidente Macri lo comprobó en el pantano en el que se metió con su apuesta por reabrir el diálogo con Gran Bretaña sobre las Malvinas.

Estuvo cerca de confrontar a los argentinos con una evidencia amarga: algo muy grande e inesperado tendrá que pasar en el mundo para que el país recupere las islas en un horizonte imaginable. Incluso para que el Reino Unido acepte hablar de la soberanía. Hasta que se mareó con la indignación nacionalista, Macri insinuó un plan teñido de pragmatismo y no exento de riesgos. La política de hostilidad no hizo más que convertir la recuperación en una quimera. Lo peor fue la guerra. Pero tampoco se ganó nada con sanciones y gritos antiimperialistas. ¿Por qué no probar algo nuevo?

La Argentina se resiste a dar un paso sin el cual le costará inclinar la balanza a su favor, por más razones legales que justifiquen el reclamo: reconocer a los malvinenses.

El argumento central de los británicos ante el mundo es que en las islas vive una comunidad arraigada desde hace más de un siglo y que no tiene el más mínimo vínculo cultural o afectivo con la Argentina. Y, a diferencia de otros conflictos coloniales, no existe una población autóctona oprimida ni desplazada.Hay una generación de malvinenses que ronda los 40 años cuya primera imagen de un argentino es la de un militar con la cara pintada y un fusil en alto pasando por la puerta de su casa. Con ellos no funciona ni la seducción ni la amenaza. Son 3000 personas que disfrutan de una prosperidad económica incomparable a la de un argentino medio, gracias a ventajas que consiguieron después de la guerra. ¿Por qué querrían perder ese confort? ¿Por qué Londres los abandonaría?

Si se descarta el uso de la fuerza, cuesta imaginar otra vía para mover el tablero a largo plazo que no sea la buena vecindad. La negociación que esbozó el Gobierno parecía buscar ese objetivo, aunque con una candidez inusual en las prácticas diplomáticas. El documento bilateral firmado en Buenos Aires esquiva el tema de la soberanía y menciona sólo concesiones a los británicos, como la ampliación de vuelos, sin arrancar nada a cambio. Ni siquiera algo simbólico, como sería eliminar la cláusula discriminatoria que impide a los argentinos pasar más de siete días en las Malvinas.

A Macri lo aturdieron las críticas. Tanto que llegó a anunciar que había hablado con la premier Theresa May de negociar la soberanía. Londres lo desmintió. Y, al filo del papelón, la canciller Malcorra tuvo que corregir al Presidente. Quizás al plan de deshielo le quede poca cuerda. Hay sueños de los que es mejor no despertar.

Martín Rodriguez Yerba


La Nación; 25-09-2016

 

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