
Silvia Pisani
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| El Papa, ayer, durante su discurso.Foto:Reuters |
WASHINGTON.- Fue una lección política en el corazón de la superpotencia. Un discurso que lo consagró como un indiscutible líder moral. El Papa logró una escucha atenta en el Capitolio, a menudo paralizado por la puja ideológica, y le inyectó una fuerte dosis de tolerancia con un llamado a no caer en la trampa de la polarización y los extremismos. Un mensaje dirigido al corazón de los Estados Unidos, a los que reconoció como la "tierra de la libertad y del coraje", pero que bien podría aplicarse a cualquier otra tierra del mundo, incluida la Argentina.
No se guardó nada de lo que quería decir. Incluida alguna sorpresa, como el reclamo para terminar con la pena de muerte y con la producción y venta de armas ("dinero bañado en sangre", dijo). Podría haberse pensado que, en la tierra del rifle, con eso había cruzado una barrera sin retorno. Pero hasta en eso cosechó ovaciones.
"Una de las cosas que demostró una vez más el Papa es que cualquier idea puede decirse si se hace con cortesía y respeto", era la estela más evidente de la "Francismanía" que hizo vibrar a esta ciudad.
Desde una perspectiva partidaria, cada uno intentaba llevar agua para su molino, algo que, sin embargo, a los republicanos les costó mucho más que a los demócratas, con cuya agenda el mensaje del Papa pareció resonar más claramente.
Sin excluir ningún tema incómodo ("no teman a lo que molesta", dijo), pidió una respuesta "humana, justa y fraterna" para los más vulnerables, para quienes no tienen hogar, en una clara referencia tanto a la inmigración como a la creciente ola de refugiados que recorren el mundo en busca de asilo.
Los republicanos pudieron, sí, quedarse en las verdades fundamentales de la "importancia de la familia" y el llamado a "trabajar por el bien común". Pero en el terreno de las especificaciones la sintonía fue mayor con la agenda demócrata. Algo que ratifica su terreno común con el presidente Barack Obama.
Es ese costado de la vida política de este país el que habla del cambio climático -cuyo efecto el Papa describió como una "herida abierta"- del mismo modo en que su existencia es negada por algunos republicanos, que ven en ella no otra cosa que una manera de subir los impuestos.
Son los demócratas también los que impulsan un reconocimiento de la inmigración, así como la búsqueda de un capitalismo cuyos efectos sociales se traduzcan de modo más equitativo.
Sin dejar de poner a los más pobres como prioridad, Francisco tuvo mucho cuidado de no olvidar a la clase media. De ella habló cuando aludió a quienes "pagan los impuestos y construyen el consenso". Una afirmación que quita terreno a los ultraconservadores que aquí llegaron a estigmatizarlo como "un izquierdista fanático".
No es la primera vez que un papa es invitado a hablar en el Capitolio. La misma convocatoria recibieron, en su momento, Juan Pablo II y Benedicto XVI, según reveló el presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner. Quien se encargó de cambiar las cosas fue Bergoglio, convertido en el primero en decir que sí.
Fue el primer papa, pero no el primer líder internacional en un cuerpo acostumbrado a recibirlos. El último fue el líder israelí Benjamin Netanyahu, en marzo pasado, también invitado por Boehner. Lejos del clima de ayer, aquella fue una ocasión altamente polarizadora, con el embate contra el acuerdo nuclear con Irán como eje.
Muchos se conmovieron. Entre ellos, el aspirante republicano a la presidencia Marco Rubio, con el rostro congestionado en lágrimas cuando el Papa llamó a "no tener miedo a los extranjeros, porque en este país todos alguna vez lo fueron". El llanto de Rubio abrió interrogantes. Hijo de refugiados cubanos, el republicano rechaza la propuesta de Obama de reforma migratoria, algo que le ha cobrado precio entre la franja hispana.
La duda es cuánto perdurará el "efecto Francisco", que más allá de su aceptación puede tropezar con límites operativos. Ayer mismo hubo voces de diferenciación. Sobre todo, en cuestiones como pena de muerte e inmigración.
"La pena de muerte es una forma de honrar la vida", dijo el senador republicano Ted Cruz. "El llamado a tratar a los demás como a nosotros mismos no significa abrir las fronteras o adherir necesariamente a un proyecto de ley determinado sobre inmigración", acotó Peter King, representante por Nueva York.
Muchos sumaron sus palabras a su herramienta de campaña, como el republicano Jeb Bush, que recogió su llamado a "trabajar por el bien común".
Hoy se dirigirá a un público todavía más amplio, cuando exponga ante las Naciones Unidas. Ayer, Washington, esta corte de poder del mundo moderno, lo vio partir con el sentimiento de quien despide a un ser tan extraordinario como entrañable.
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